Habrás notado, querido lector, que el mundo está cambiando.

En los últimos 20 años hemos vivido una revolución digital sin precedentes. En apenas dos décadas Internet ha transformado radicalmente la forma en la que nos comunicamos, trabajamos y nos divertimos. Más de 2.000 millones de personas en todo el mundo utilizan este nuevo medio, y un par de generaciones ya no conciben la vida sin Internet.

Larry Page, Sergey Brin, Jeff Bezos, Jerry Yang, Mark Zuckerberg, Niklas Zennstrom… Son tan sólo algunas de las personas que han contribuido a esta revolución con su extraordinaria visión, su carácter emprendedor y su afán de complicarse la vida en lugar de seguir una carrera profesional y una vida “normal”. Estas personas, y tantas otras, no sólo tuvieron extraordinarias ideas con potencial para cambiar el mundo, sino que tuvieron el tesón de convertirlas en realidad con mucho esfuerzo y haciéndose inmensamente ricos en el camino. Si se hubieran conformado con ser “normales” posiblemente hoy las vidas de millones de personas en todo el mundo serían peores.

Y he aquí uno de los mayores lastres al desarrollo futuro de nuestra economía, nuestro bienestar y – en definitiva – la felicidad de las generaciones futuras: ninguna de estas personas aparece en los libros de texto de mis hijos, ni el profesorado en general suele citarles como ejemplos a seguir.

El capital humano es la principal fuente de riqueza de un país y, por desgracia, una de las que menos se cuidan en países como el nuestro. La educación académica que reciben nuestros niños no puede centrarse únicamente en memorizar dogmas científicos o hechos históricos. La educación de nuestros hijos, la formación de los creadores del mañana, debe estimular la creatividad, la iniciativa privada, el esfuerzo, el afán de superación personal y la generación de riqueza asumiendo riesgos y anticipándose a tendencias que pueden transformar el mundo. Estos valores y herramientas deben fomentarse desde una edad muy temprana, tanto en casa como en la escuela, y la sociedad en general se verá tremendamente beneficiada.

Un adecuado conocimiento del pasado es siempre útil para intuir tendencias futuras, y la capacidad de memorizar o aprender determinados hechos o técnicas también deben formar parte del bagaje de cualquier individuo, pero nuestros educadores deben ir más allá.

John Ruskin, uno de los grandes maestros de la prosa inglesa, lo dejó claro: “Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía“.

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