Hace algunos años, en el valle del silicio americano, vivía un poderoso inversor que gestionaba cientos de millones de Euros en su fondo de capital riesgo. Como el emperador en el cuento de Christian Andersen, este inversor era generalmente comedido en sus decisiones, inteligente y había sido educado en las universidades más prestigiosas del mundo. Su trabajo consistía en identificar e invertir en jóvenes empresas tecnológicas con la esperanza de obtener jugosas plusvalías al cabo de unos años.
Claro que, para poder deshacerse de sus participaciones a buen precio, nuestro inversor debía ser el primero en localizar esos diamantes en bruto y persuadir a otros inversores de que todavía tenían mucho recorrido. El sofisticado financiero no podía soportar que otros inversores hallaran valor en empresas que él había desechado y, para mitigar este riesgo y evitar quedarse con cara de tonto, tenía por costumbre mirar de reojo e incluso replicar las operaciones de sus colegas. En este cuento nuestro inversor se veía especialmente atraído por empresas de ‘Social Media’, pero su psique tenía mucho en común con la de otros inversores que le habían precedido: específicamente aquellos que invirtieron en bulbos de tulipán en el siglo XVII, en la Compañía de los Mares del Sur en el XVIII, en el ferrocarril británico durante el siglo XIX, o en los primeros negocios ‘puntocom’ a finales del Siglo XX.
La ‘teoría del más tonto’ tiene ciertos paralelismos con el comportamiento de los adultos que fingían ver el inexistente traje del emperador en el cuento de Christian Andersen. Esta teoría sugiere que las burbujas financieras se producen cuando unos inversores (los tontos) compran activos a un precio superior a su valor fundamental confiando en poder vendérselos a otros inversores (los más tontos) a un precio superior. La burbuja continúa inflándose en tanto en cuanto los tontos puedan seguir encontrando a otros más tontos que les quiten los activos sobre-valorados de las manos. Utilizando el argot de patio de colegio, ‘pasa la bola, y que no vuelva’.
Hace algunas semanas Groupon.com, empresa dedicada principalmente a la venta online de cupones para canjear en negocios locales, anunciaba sus planes de salir a bolsa y publicaba unos datos financieros que han dejado boquiabiertos a no pocos observadores entre los que me incluyo. Durante el primer trimestre de 2011 Groupon (fundada en 2008) facturó más de 640 millones de dólares, tenía presencia en 43 países, contaba con 83,1 millones de suscriptores y tenía en plantilla a más de 7.100 empleados. La mala noticia es que durante este mismo periodo perdió 114 millones de dólares, incluyendo un gasto medio diario en publicidad online de 2 millones de dólares. De los 1.115 millones de dólares de financiación que ha obtenido Groupon desde el inicio de su andadura, quedan en caja unos 200 millones de dólares. Aparte de financiar el crecimiento exponencial del negocio, buena parte de los fondos han sido utilizados por la compañía para re-comprar participaciones a socios capitalistas y fundadores – una especie de dividendo – a pesar de que la empresa perdió más de 400 millones de dólares en 2010. Ahora planea acudir a los mercados de capitales para obtener financiación adicional mediante una oferta pública de venta que podría valorar a este vendedor de cupones en más de 20.000 millones de dólares.
Groupon, sin embargo, no es el único caso reciente de valoraciones difícilmente justificables por resultados financieros presentes o defendible por cualquier perspectiva razonable de resultados futuros. A mediados de mayo de 2011 LinkedIn, la mayor red de contactos profesionales en Internet, salía a bolsa y sus acciones se revalorizaban un 109% durante el primer día convirtiendo en millonarios a sus fundadores e inversores privados, pero no así a los que compraron tan sólo 24 horas después de la OPV.

A principios de 2011, una serie de operaciones entre inversores privados implícitamente valoraban otra red social, Facebook, en $50.000 millones. Apenas 5 meses después, el Wall Street Journal sugería que la valoración de la red social creada en 2004 podía superar ya los $100.000 millones. Zynga, creador de juegos sociales online incluyendo el popular ‘FarmVille’, anunció recientemente su salida a bolsa en una operación que podría valorar la compañía en $15-20.000 millones.

Quizás va siendo hora de delatar las vergüenzas del emperador.

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