El otro día casi quemo la casa, y me temo que no es la primera vez.

Hace ya bastantes años, por ejemplo, estaba hablando por teléfono con un buen amigo, y se me ocurrió la formidable idea de quemar las puntas de una planta que tenían mis padres en la sala de estar.

Me acuerdo perfectamente, como si fuera ayer.

Estaba de pie, al lado de la estantería donde teníamos el teléfono (no existían los móviles por aquel entonces) y empecé a jugar con un mechero.

La planta, por cierto, no era verde. Era una colección de plumeros gigantes —como espigas mutantes amarillas de casi dos metros de altura— y aquello estaba más seco que el ojo de un tuerto. He investigado un poco y parece que el nombre técnico es Hierba Pampera (Cortaderia Selloana) o, simplemente, Plumeros.

Nadie con un cerebro medianamente funcional tendría la feliz idea de acercar un mechero encendido a esa hojarasca, pero yo no sólo lo acerqué, sino que con sumo cuidado empecé a quemar las puntitas secas. Quemaba y soplaba, quemaba y soplaba, quemaba y soplaba…

Como Saber Si Estoy Quemado

Cuidado. Te vas a quemar.

Hasta que de repente, todo hizo WOOOOOOOOSH, y cuando quise darme cuenta tenía delante de mí una gigantesca columna de fuego que llegaba hasta el techo.

Lo siguiente que recuerdo es decirle a mi amigo: “tengo que colgar, he quemado la casa” y gritos. Muchos gritos.

Hierba Pampera (Cortaderia Selloana). Arde como mil demonios.

Hierba Pampera (Cortaderia Selloana). Arde como mil demonios.

Mi Santa madre salvó el día (y la casa). Cogió la maceta en brazos con fuego y todo, y caminando con firmeza y decisión (como Napoleón cuando se disponía a invadir algún pequeño país), se lo llevó todo al cuarto de baño y lo puso bajo la ducha.

Si te fijas bien, todavía hoy se puede discernir un caminito de tizne negro que recorre el techo desde la sala de estar hasta el cuarto de baño.

Veintitantos años más tarde, me ha vuelto a ocurrir. Lo he vuelto a hacer, en esta ocasión con una pequeña variación.

Estaba ensayando una ponencia muy importante que iba a impartir con motivo de las primeras jornadas de emprendimiento y marketing en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Toda la plana mayor de la Universidad iba a asistir (incluyendo el profesor y director del diario La Razón Francisco Marhuenda), apenas faltaban un par de horas para el evento, y los nervios empezaban a surtir efecto.

Me había preparado a conciencia (aquí tienes más consejos para hablar bien en público), pero por muy bien que te lo sepas, los nervios en mayor o menor medida siempre hacen acto de presencia.

Así que decidí hacerme una tila. Por un momento sopesé la posibilidad de tomarme algo un poco más potente, con algo más de “punch”, pero tampoco quería quedarme dormido en el sofá y perderme el evento. Tú me entiendes.

Así que cogí un cazo, lo llené de agua y lo puse en el fuego.

Como no me gusta perder el tiempo, pensé que sería muy productivo responder un par de correos mientras hervía el agua. Ya sabes, para aprovechar.

Pero, claro, una cosa llevó a la otra. El par de correos se convirtieron en dos docenas, y los dos minutos se convirtieron en una hora y media.

En algún momento se me ocurrió pensar, “¿oye, Oscar, y qué fue de esa tila?”

Y de repente, el sudor frío. Ese sudor frío que te entra cuando te das cuenta de que potencialmente ha pasado algo muy, muy malo, pero todavía no sabes cómo de grave ha sido.

Salí corriendo a la cocina, y daba pánico entrar.

La temperatura probablemente era cuatro o quizás cinco grados superior a la del resto de la casa. La placa sobre la que estaba eso que un día fue una cazuela (era una placa de cocina metálica antigua, no una de esas modernas de inducción) estaba al rojo vivo.

La placa no estaba gris, literalmente estaba roja como un tomate. Por supuesto, todo el agua se había evaporado.

La cazuela ya no era una cazuela.

Era más bien como un amasijo de metal fundido, que recordaba un poco al T1000 en le película de Terminator 2. Evidentemente lo barato sale caro, y entre toda la vorágine hice una nota mental para no volver a comprar material de cocina en los chinos de abajo.

Daba miedo acercarse (sinceramente creía que, en cuanto me acercara al fuego, la cocina estallaría por los aires) pero logré estabilizar la situación, y la casa sigue en pie. Por los pelos.

Estoy Quemado

El lugar de los hechos. Y un cazo nuevo.

Más allá de lo que mis experiencias pirómanas nos pueden enseñar sobre los peligros de jugar con fuego, la moraleja empresarial de esta historia es que si te descuidas, te puedes quemar.

Los descuidos —como por ejemplo dejar un mechero al lado de una planta seca cuando hay un adolescente lunático en casa, o ponerte a hacer otra cosa cuando tienes el fuego de la cocina encendido— terminan saliendo caros.

¿Y sabes cuál es uno de los descuidos más comunes que cometemos? Dejar pasar los años sin descubrir nuestra pasión, sin pensar siquiera en lo que nos gustaría hacer de verdad, sin al menos soñar con la posibilidad de hacer algo gratificante en nuestra vida.

Lo veo cada mañana en el coche, sin ir más lejos.

Miro a un lado y a otro, en los semáforos y en los atascos, y veo (mayoritariamente) caras melancólicas, tristes y vacías de motivación. Veo autómatas que se van a quemar, o que se han quemando ya. Veo a personas que están consumidas por su día a día, corriendo de un sitio para otro para hacer todo aquello que “tienen que hacer”. Han perdido la iniciativa, y se limitan a reaccionar defensivamente a todo lo que les sucede.

Estar Quemado

Autómatas en un atasco. Imagen cortesía de Pexels.

No todo el mundo, por supuesto, es así. Hay personas que van sonriendo y cantando alegremente en su coche, pero muchas —quizás la mayoría— disimulan muy bien su entusiasmo.

Al final, si dejas el agua hirviendo en el fuego demasiado tiempo, termina evaporándose y el cazo se consume. Si te dedicas a quemar las puntas de una planta seca con un mechero, al final todo prenderá en una gigantesca bola de fuego y la planta quedará reducida a cenizas.

¿Crees que tu vida es muy diferente? Me temo que no. Al final, si no descubres algo que verdaderamente te apasione —si no te esfuerzas en descubrir y desarrollar algo que te llene— te puedes terminar quemando. Tu día a día te puede terminar quemando. Tu rutina te puede terminar quemando.

Ojo. Esto no significa que debas dejar tu trabajo mañana, abandonar a tu familia o tomar decisiones drásticas. Para nada. Ni siquiera significa que todo el mundo deba emprender o crear su propio negocio para sentirse realizado. Es una solución para muchas personas, pero no para todas.

A veces es un simple hobby o una afición lo que necesitas. A veces el secreto para no quemarte consiste, sencillamente, en desarrollar un profundo interés por algo. Aprender. Profundizar. Hacer algo que tú puedas controlar, algo en lo que tú tengas el control.

Y ahora, querido Lector, si me lo permites te voy a tener que dejar.

Huele a chamusquina, y me estoy temiendo lo peor.

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