Madre mía del amor hermoso… No sé si este verano está haciendo más calor que el anterior, o si es que yo lo estoy llevando peor que nunca (por eso de la edad), pero anoche no pegué ojo.

Aprovecho para pedirte disculpas por adelantado, porque no tengo muy claro cómo saldrá este post después de apenas dos o tres horitas de sueño poco reparador, pero vamos a intentarlo de todas formas.

El caso es que no podía dormir.

Así que en un momento dado – después de dar vueltas y más vueltas en la cama – me fui al salón, encendí la tele y me puse a ver un documental que estaban echando sobre las prisiones más peligrosas del mundo.

La verdad es que sólo el concepto de que te encierren en uno de esos sitios – pequeños poblados fríos y peligrosos, repletos de matones y regidos por sus propias leyes – quita el sueño.

Lo que me faltaba anoche.

Por fortuna la mayoría de nosotros nunca tendremos que pisar una de esas prisiones de máxima seguridad, sin embargo prácticamente todos sufriremos una parte de nuestra vida (a veces la vida entera) encarcelados en otro tipo de prisión; la prisión mental de nuestras propias limitaciones.

Sé que puede resultar incómodo pensarlo (y por eso, de hecho, la mayoría de las personas prefieren no hacerlo) pero tu día tiene el mismo número de horas que el de cualquier otra persona.

Ni una más, ni una menos.

Tienes a tu disposición 24 horas cada día, y aunque tu mente fabricará todo tipo de excusas para mantenerte en tu zona de confort, en realidad eres libre de utilizar esas horas como quieras.

Otra cosa bien distinta son las consecuencias reales e imaginarias de cómo decidas emplear tu tiempo, incluyendo la decisión de no hacer absolutamente nada con esas 24 horas o malgastar una buena parte de ellas.

Cada día el reloj se pone a cero, y dispones del mismo número de horas que la persona más rica del mundo, la más pobre, la más feliz y la más miserable.

Tienes los mismos 1.440 minutos al día – exactamente los mismos – que esas personas que están justo donde quieren estar y que hacen justo lo que quieren hacer, tanto en su vida personal como en la vertiente profesional.

Tú decides lo que haces con esas 24 horas, con esos 1.440 minutos, con cada uno de esos efímeros 86.400 segundos.

Lo sé, a veces es incómodo pensarlo, ¿verdad?

La Prisión Más Peligrosa

Algunas personas pilotan su propia vida y son libres de escoger su propio destino, mientras que otras en cambio viven encarceladas, atrapadas, encerradas y rodeadas por los muros de sus propias limitaciones.

Algunas limitaciones son reales. Por ejemplo si no has hecho deporte en tu vida, tienes sobrepeso, te falta una pierna, te han diagnosticado una arritmia y tienes más de 40 años, probablemente no podrás jugar al fútbol en primera división.

Pero la inmensa mayoría de las limitaciones son percepciones fabricadas por nuestro subconsciente a base de mucha repetición.

Por fortuna recibo cientos de mensajes todas las semanas de personas que están intentando construir un negocio en Internet, Lectores de esta página, Oyentes de nuestro podcast de marketing online (¡Yuhu, más de 100 episodios!) y alumnos del Método ÉPICO.

Y digo “por fortuna”, porque para solucionar los problemas de tu Audiencia primero debes conocer esos problemas de primera mano, y la mejor forma de conocer esos problemas es que te los cuenten quienes los padecen.

Te sorprendería la cantidad de estos mensajes que empiezan con una limitación subjetiva o imaginaria.

Algunas de las más populares (y sin ánimo de ser exhaustivo) son:

  • No lo entiendo
  • Yo no tengo tiempo
  • No sé dónde empezar
  • No creo que yo sirva para esto
  • Se me da fatal [RELLENAR CON CUALQUIER COSA]
  • Tengo mucho trabajo
  • Estoy muy cansado
  • Nunca lo voy a conseguir
  • Me duele [RELLENAR CUALQUIER DOLENCIA]
  • Ya me decían en el colegio que eso no era lo mío
  • Lo he intentado 3 veces…

Cualquier material sirve para construir nuestra propia celda mental, y los he visto prácticamente todos.

Por desgracia nuestro sistema educativo y la propia sociedad en la que vivimos es absolutamente implacable a la hora no sólo de recordarnos y exacerbar nuestras limitaciones reales, sino también a la hora de hacernos asumir limitaciones que en realidad son falsas.

Vivimos encerrados en esa prisión de máxima seguridad (la prisión más peligrosa de todas) que nos mantiene paralizados, que nos impide perseguir la vida o el trabajo que realmente deseamos y que en resumidas cuentas nos impide creer en nosotros mismos.

Y no hablo sólo de zombis corporativos, porque afecta todos los aspectos vitales.

Es la prisión del miedo y de la baja autoestima; es una cárcel donde los sentimientos y las sensaciones – a base de repetirlos una y otra vez – se convierten en realidades paralizantes.

Con el paso de los años, tendemos a intimar y sentirnos muy cómodos con nuestras propias limitaciones imaginarias. Se convierten en una parte inseparable de nosotros, y no concebimos nuestra vida sin ellas.

Exactamente igual que el alcohólico que no concibe la vida sin beber, o el fumador que no concibe la vida sin fumar.

Adaptamos nuestra manera de ser, nuestras acciones y nuestras omisiones alrededor de esas limitaciones imaginarias.

Como el preso que da vueltas y vueltas en el patio de la prisión.

Al fin y al cabo todas esas limitaciones imaginarias son un mecanismo de autodefensa que vamos erigiendo con el paso del tiempo para protegernos de malos ratos, momentos vergonzosos, desilusión, fatiga… Nuestras limitaciones imaginarias evitan algunos malos tragos, pero al mismo tiempo impiden que logremos cosas extraordinarias.

Es un precio bastante caro: vivir toda una vida sin sentido.

Así que nos vamos encerrando en nuestra prisión mental, porque el miedo a ver lo que hay allí fuera al otro lado de la verja puede más que el trauma de seguir encarcelados.

Va pasando el tiempo, y nos vamos sintiendo cada vez más cómodos – cada vez más identificados – con nuestro rol de Víctima (“odio mi trabajo pero es la historia de mi vida”), Mártir (“no tengo tiempo para crear un negocio por culpa de mi familia”) o Incompetente Profesional (“eso se me daría fatal”) a pesar de que otras personas ven en nosotros justo lo contrario.

Nos encantan las etiquetas mentales, especialmente si nos las imponemos nosotros mismos en una especie de misión Kamikaze para terminar de hundirnos.

Pero las cosas no tienen que ser así.

Porque a diferencia de ese documental que vi en la televisión, la verja de esta prisión de alta seguridad está abierta todo el rato.

Puedes salir cuando quieras.

Como dijo Dan Kennedy en su libro The Ultimate Success Secret, por cada limitación, obstáculo, discapacidad y tragedia personal existen dos historias.

La primera de ellas (por desgracia la más común) es la historia de una persona que ha permitido ser encarcelado por esas limitaciones. Son esas personas que cuando se encuentran postradas en su lecho de muerte se lamentan más de todas aquellas cosas que no hicieron que de las que hicieron.

La segunda, en cambio, es la historia de una persona que a pesar de (o en muchos casos “gracias a”) esa limitación, ha escapado de su prisión y ha logrado hitos extraordinarios.

Y no me refiero exclusivamente a emprendedores o profesionales del marketing online y los negocios en Internet que han alcanzado el éxito en su trabajo, sino también a superhéroes anónimos que han desafiado barreras, obstáculos y limitaciones (reales e imaginarias) para tomar control de su propia vida.

¿Conoces la historia de Jack Ma?

Jack Ma es el fundador de Alibaba (el gigante chino de Comercio Electrónico), y según la revista Forbes el buen hombre se encuentra entre las 30 ó 40 personas más ricas del mundo con una fortuna personal de 20.500 millones de dólares.

Pero antes de convertirse en uno de los emprendedores más exitosos del mundo (su plataforma de Comercio Electrónico atrae a más de 100 millones de compradores al día), Ma sufrió una serie de fracasos que hubieran encerrado a más de uno en esa prisión mental de la que es tan difícil escapar.

Para empezar, suspendió los exámenes finales de educación primaria no una sino DOS veces, y los exámenes de acceso a la universidad en otras tres ocasiones.

Fue rechazado diez veces por la Universidad de Harvard.

Quizás pienses que era uno de esos genios a los que se le daban mal los estudios, sin embargo tampoco te creas que empezó su carrera profesional con buen pie.

Su primer trabajo fue como profesor de inglés en la universidad Hangzhou Dianzi con una paga de 12 dólares mensuales.

Cuando Kentucky Fried Chicken inauguró la primera franquicia en su ciudad, decidió probar suerte en el mundo de la restauración. Se presentaron 24 candidatos para 23 puestos de trabajo, y adivina quién fue el único que no entró.

Le rechazaron de una treintena más de empresas. Sus primeras dos iniciativas como emprendedor fracasaron, y Alibaba (su tercer intento) tardó tres años en dar beneficios.

La Prisión Más Peligrosa Para Un Emprendedor

Imagen cortesía de YouTube

Obviamente hay cientos de miles de personas – millones, probablemente – que como Jack Ma decidieron plantar cara a la adversidad y no encerrarse en sus limitaciones. Pero desgraciadamente hay muchos millones más que sí se dejaron encarcelar.Le dijeron una y otra vez que no valía para esto de los negocios, que mejor se dedicara a otra cosa.

Jack Ma escribió su propia historia.

Tú y yo tenemos 24 horas al día – exactamente las mismas que Jack Ma – para escribir nuestra propia historia.

La puerta de la prisión está abierta. Puedes salir cuando quieras.

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