No sé tú, pero yo ya no voy a ningún restaurante nuevo sin antes ver la valoración que tiene en 11870.com. No me hospedo en un hotel sin antes ver las estrellitas que tiene en Trip Advisor, ni compro un libro sin antes analizar las reseñas en Amazon. Igualmente, antes de bajarme comprar una película, siento la imperiosa necesidad de conocer el veredicto de IMDB.com y Rotten Tomatoes. ¿Necesito un portátil? A buscar uno con muchos “pulgares arriba”, una flechita ascendente en verde, caritas sonriendo o muchas estrellitas… Por seguridad, más que nada. ¿Entiendes por dónde voy, verdad?
Los últimos 5 ó 10 años han sido los años dorados de la “web 2.0”; un término utilizado para referirse a varias cosas distintas a la vez, pero que para mí significa una sola cosa – un Internet donde el Usuario cobra cada vez más protagonismo en la elaboración de contenidos y deja de ser un mero espectador pasivo.
Esta democratización en la generación de contenidos digitales ha sido uno de los principales motores sociales y económicos de las últimas décadas, espoleando la creación de startups, generando miles de puestos de trabajo y – sobre todo – otorgando un poderoso altavoz a todo aquél que quiera opinar o valorar cualquier cosa.
Al igual que cada español llevamos dentro un seleccionador nacional, cada uno de nosotros también llevamos dentro un crítico de cine, de restaurantes, de libros y de muchas cosas más. Lo que sucede es que antes sólo nuestros más allegados prestaban atención cuando opinábamos sobre estos temas, y ahora hay muchos sitios en Internet que agregan y magnifican todas estas valoraciones, frecuentemente desprovistas de criterio y poco fiables.
Durante los últimos 1,8 millones de años, el ser humano ha evolucionado para tomar decisiones en función de experiencias pasadas; evitamos repetir las experiencias negativas, y tratamos de repetir aquellas experiencias gratificantes que nos aportan valor o satisfacción. El hecho de que algo nos guste o no depende de muchísimos factores, desde aspectos genéticos en nuestro ADN hasta influencias culturales. Pero en apenas una década Internet también ha puesto esto patas arriba: ahora nuestras decisiones se basan en experiencias (o pseudo-experiencias) de otras personas. Personas que con frecuencia son tanto genéticamente como culturalmente distintas a nosotros, y que por tanto carecen de la información necesaria para valorar las cosas por nosotros.
Pero aún asumiendo por un momento que todas las opiniones y valoraciones fueran fiables y razonablemente fundadas, y que pudiéramos ignorar los factores genéticos e influencias sociales que hacen que algo nos guste o no, qué triste sería un mundo en el que dejamos de experimentar la emoción de descubrir por nosotros mismos un autor desconocido, una gran película de un director novel, o un acogedor restaurante sobre el que todavía nadie ha opinado.

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