(Nota: Un conocido medio de comunicación off-line se negó a publicar este artículo por violar su “política editorial”. Juzguen ustedes mismos si es o no censurable). 

Confieso que tenía previsto titular este artículo “¿No quieres SOPA? Pues Toma Dos Tazas“, pero una búsqueda rápida en Google desveló que la idea no era tan creativa como creía.

Más de un ingenioso blogger había recurrido ya a este juego de palabras para escribir sobre el “Stop Online Privacy Act“; enésimo proyecto de ley con el supuesto objetivo de proteger los derechos de autor en Internet (su tramitación en el Congreso norteamericano se interrumpió sine die el pasado 20 de enero después de que más de 7.000 páginas web protagonizaron un apagón informativo en señal de protesta, y cientos de miles de ciudadanos advirtieron a sus congresistas de las consecuencias políticas que acarrearía aprobar dicha ley).
Llevo mucho tiempo – quizás años – pensando en escribir sobre el farragoso tema de los derechos de autor y la propiedad intelectual en la red, y si no lo he hecho antes es porque no tenía muy claro cómo defender mi punto de vista sin caer en archiconocidos tópicos. Y resulta que, cuando finalmente compilé una serie de argumentos sólidos a favor de un cambio radical en las actuales leyes de propiedad intelectual, comprendí que daba exactamente igual: mis contrincantes intelectuales, aquellos que abogan por criminalizar todo lo que se mueve violando incluso otros derechos fundamentales como la privacidad o la libertad de expresión con tal de evitar que yo me descargue el último episodio de Dexter, jamás iban a cambiar de opinión. Y yo tampoco.
Verán, resulta que el debate fundamental parece girar en torno a una sola cuestión que podríamos resumir como “intercambio libre de archivos digitales en Internet: SÍ o NO“. Llevamos más de una década con este debate estéril, como mínimo desde la aparición de Napster en 1999, y en todo este tiempo muy pocos participantes han variado su punto de vista. ¿Tiene sentido continuar por este camino? Yo creo que no.
Seguir debatiendo si unos hurtan o, por el contrario, los mangantes son aquellos que cobran 20€ por un fichero digital cuyo coste marginal de producción, copia, almacenamiento y distribución tiende a cero, es un debate infructuoso. Sin embargo, lo que me parece más interesante, es pensar cómo acabará todo esto cuando se calmen las aguas. ¿Seguiremos igual dentro de 20 ó 30 años, con activistas a uno y otro lado de la mesa llamándose “ladrones” y utilizando argumentos tan falaces como los que emplean hoy para defender sus posturas, quizás ya con cierto tufillo a naftalina?
Este debate tiene fecha de caducidad por una razón fundamental: esencialmente es una lucha no entre creadores y piratas, sino entre un bando que cree que la innovación tecnológica se puede coartar mediante agresivos grupos de presión, y otro que sospecha que el status quo en la comercialización de contenidos está herido de muerte.
¿Cómo son los nuevos creadores? Los músicos, artistas, fotógrafos, ilustradores, escritores y cineastas que han nacido en los últimos 15 ó 20 años son los millennials; vástagos de esa “Generación Y” que ha nacido con un ordenador conectado a Internet en el dormitorio y un teléfono inteligente en el bolsillo. Una generación always on que no concibe un mundo con barreras, ni cree en las fronteras físicas, pero sí comprende que Internet es un ingrediente clave (no una amenaza) para triunfar en cualquier forma de expresión artística.
Dijo un sabio comentarista que el principal problema de los creadores no es la piratería, sino el anonimato; la maldición del artista desconocido. Supongo que esto es complicado de digerir por un actor, escritor o cantante que ha construido su fortuna a lomos del salvoconducto otorgado por los derechos de autor, y nosotros no somos quienes para obligarle a cambiar a estas alturas con frases del tipo “los tiempos están cambiando, así que tendrás que adaptarte“. Pero los nuevos creadores sí entienden esta nueva realidad; una realidad justa o injusta, moral o inmoral, pero realidad no obstante. Los nuevos creadores sí entienden que disponen de más herramientas que nunca para vivir de sus creaciones intelectuales o artísticas, y cuentan con una audiencia global – más de 2.000 millones de Internautas – dispuestos a prestarles su tiempo y pagar de forma directa o indirecta por aquello que consideran bueno. Eso de pagar “de forma directa o indirecta” significa que posiblemente el modelo de monetización difiera bastante de lo que hemos contemplado en el último siglo, y recomiendo echarle un vistazo al libro “Free: The Future of a Radical Price” para ver ejemplos concretos.
Ahora, más que nunca, todos somos creadores y quizás esa es la revolución más importante que ha traído consigo Internet. La democratización en la generación de contenidos digitales significa que ya no es imprescindible pertenecer a un determinado gremio o asociación artística para ser creador y eso, a su vez, significa que cada vez habrá más gente produciendo, distribuyendo y comercializando contenidos – contenidos cada vez más atractivos – sabiendo que la protección de sus derechos de autor a través de leyes como PIPA, SOPA, ACTA o Sinde es insuficiente para monetizar su obra.
Cuando este cambio generacional se termine de producir, dejaremos de debatir sobre los derechos de autor porque serán poco menos que anecdóticos y no una garantía para ganarse la vida indefinidamente.

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